Fin de semana conjunto y a solas, de muchas risas, muchos recuerdos, muchas confesiones y mucho sexo. De hacer planes y acariciarnos lento, de dormir juntos y contarnos mucho, de recorrer tiempos lejanísimos de la mano del otro, de muchas palabras por tu parte a la orilla de la chimenea y en bares acogedores.
Días de música, de recontar tu historia, de planear visitas y acrecentar las ganas.
Y al volver, un domingo cargado de domingo, miedo en el alma de que, de nuevo, el puto dicho de "días de mucho, vísperas de nada", volviera a cumplirse.
Pero me has estado llamando mucho, contando mucho, preguntando mucho.
Y ahora, que se te abre una opción laboral que primero desechaste pero que hoy parece la más oportuna -no está el patio para remilgos y tontunas-, estoy a la vez feliz y amedrentada.
Feliz por ti, porque es mejor -aunque no sé si bueno-, porque tienes ganas y te veo contento. Feliz por mí, porque me llamas y me cuentas, cuando vas a la reunión definitiva y nada más salir de ella, y me doy cuenta de que, pese a todo, es a mí a quién llamas, a quién cuentas, a quién consultas, al menos en primer lugar, y eso es tanto que me asfixia... me asfixia por la diferencia con otros momentos.
Te lo dije al hablarlo: sé que yo voy a perder mucho: habrá menos tiempo, menos opciones, más limitaciones y ataduras, pero me alegro por ti, porque te quiero.
No son días, ahora que todo aún está en el aire y tienes que mover bien tus fichas, de poner palabras a mi angustia contigo. Pero quiero que pongamos ganas, que saquemos huecos, que nos esforcemos (que te esfuerces) porque ahora que nos vienen tiempos en que las excusas para no vernos, para no sacar huecos, nos vendrán solas, tendremos que tener más ganas para poder con ello. Y podemos, si queremos, podremos.
Y vamos a hacerlo, ¿vale? porque merecen la alegría, incluso la pena honda de mis días a solas y en silencio, las noches de chimenea -se nos están acabando tus robles-, de música en el coche recorriendo carreteras, los ratos de besos y verdades, cada segundo de recorrernos enteros.
Porque de ser somos juntos, y lo sabes.
miércoles, 18 de abril de 2012
lunes, 9 de abril de 2012
La tristeza es pegajosa, se adhiere persistente a sitios insospechados y opaca los colores de esta primavera.
El fin de semana del domingo de ramos íbamos a compartirlo pero yo me puse enferma (añun sigo) y aunque me empeñé en subir pensé que igual era mejor dejarlo, a ver si echándome d emenos cambiaba tu reciente actitud pasiva... me prometiste verme a cambio esta semana que hoy se inicia, y me llamaste mucho en esos días y los siguientes. Hasta el martes qu eyo me fui al sur buscando el norte.
Tras una semana santa de no saber nada de ti salvo un mensaje con una foto de la inesperada nevada que cayó ( y calló) en nuestros lugares comunes, en esos que te dije que te cedía para no hacerte incómodas las vacaciones con ellos y todo el mundo, casi seis días sin oir tu voz y de buscarte en las olas de mi mar con sol, hoy me he levantado aún con más presión en el pecho y un horrible dolor de cabeza.
Tengo médico esta tarde, pero ya dudo si es bronquitis, alergia o decepción.
Decepción por no querer escuchar el mensaje que clama en silencio: no me necesitas.
Y soy yo quien permite que así sea, quien no cierra la puerta y cuando hoy me llamas, en vez de cerrar la puerta de un portazo brusco o con cuidado y motivos más que de sobra, escucho cómo me dices que quedamos en vernos esta semana, que si prefiero que vengas una tarde o mejor que pasemos todo el fin de semana juntos para tener más tiempo.
Y en vez de gritar, de poner puntos en las íes y tiritas en mis heridas, te digo que elijas tú.
Me has querido mucho, con ganas y con fruición. Te he querido (y te quiero) como nadie te ha querido, como no he querido a nadie.
Me pesan los momentos, los grandes momentos, las complicidades, los saltos mortales, lo prometido y lo vivido. Me pesan los silencios, los lastres, el desconcierto y las interrogaciones.
Hablabas de tu día en quad del sábado, de las diez horas montando por caminos infernales, de que aún te tiembla la mano derecha, de que volviste a caerte pero no pasó nada, de las agujetas que tienes, de que después de comer en el lugar de la gasolinera pasado el tunel donde solemos ir tú y yo, tú dijiste que no volvías por la sierra, pero que te engañaron y te dijeron que iríais por pistas, y que fuisteis por los eólicos que también visitamos nosotros (¿te acuerdas? me preguntas... pues claro que me acuerdo, qué putada, yo no olvido nada, te respondo), que os perdisteis y tuvisteis que retroceder, que fue horrible el camino,... y no puedo sino decirte que esa es la historia de tu vida, el más que escuchado en repetidas y diversas ocasiones ¿Y qué iba a hacer? si ya estaba allí y no me quedaba otra...
y siento tristeza, tristeza porque esa es la verdad: te dejas llevar, demasiadas veces, y últimamente ese camino te separa de mí.
Qué triste.
Qué doloroso.
Más aún este estar a medias que me empaña el alma creando espejismos que luego se diluyen en la nada.
El fin de semana del domingo de ramos íbamos a compartirlo pero yo me puse enferma (añun sigo) y aunque me empeñé en subir pensé que igual era mejor dejarlo, a ver si echándome d emenos cambiaba tu reciente actitud pasiva... me prometiste verme a cambio esta semana que hoy se inicia, y me llamaste mucho en esos días y los siguientes. Hasta el martes qu eyo me fui al sur buscando el norte.
Tras una semana santa de no saber nada de ti salvo un mensaje con una foto de la inesperada nevada que cayó ( y calló) en nuestros lugares comunes, en esos que te dije que te cedía para no hacerte incómodas las vacaciones con ellos y todo el mundo, casi seis días sin oir tu voz y de buscarte en las olas de mi mar con sol, hoy me he levantado aún con más presión en el pecho y un horrible dolor de cabeza.
Tengo médico esta tarde, pero ya dudo si es bronquitis, alergia o decepción.
Decepción por no querer escuchar el mensaje que clama en silencio: no me necesitas.
Y soy yo quien permite que así sea, quien no cierra la puerta y cuando hoy me llamas, en vez de cerrar la puerta de un portazo brusco o con cuidado y motivos más que de sobra, escucho cómo me dices que quedamos en vernos esta semana, que si prefiero que vengas una tarde o mejor que pasemos todo el fin de semana juntos para tener más tiempo.
Y en vez de gritar, de poner puntos en las íes y tiritas en mis heridas, te digo que elijas tú.
Me has querido mucho, con ganas y con fruición. Te he querido (y te quiero) como nadie te ha querido, como no he querido a nadie.
Me pesan los momentos, los grandes momentos, las complicidades, los saltos mortales, lo prometido y lo vivido. Me pesan los silencios, los lastres, el desconcierto y las interrogaciones.
Hablabas de tu día en quad del sábado, de las diez horas montando por caminos infernales, de que aún te tiembla la mano derecha, de que volviste a caerte pero no pasó nada, de las agujetas que tienes, de que después de comer en el lugar de la gasolinera pasado el tunel donde solemos ir tú y yo, tú dijiste que no volvías por la sierra, pero que te engañaron y te dijeron que iríais por pistas, y que fuisteis por los eólicos que también visitamos nosotros (¿te acuerdas? me preguntas... pues claro que me acuerdo, qué putada, yo no olvido nada, te respondo), que os perdisteis y tuvisteis que retroceder, que fue horrible el camino,... y no puedo sino decirte que esa es la historia de tu vida, el más que escuchado en repetidas y diversas ocasiones ¿Y qué iba a hacer? si ya estaba allí y no me quedaba otra...
y siento tristeza, tristeza porque esa es la verdad: te dejas llevar, demasiadas veces, y últimamente ese camino te separa de mí.
Qué triste.
Qué doloroso.
Más aún este estar a medias que me empaña el alma creando espejismos que luego se diluyen en la nada.
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