Te me vas, te me estás yendo sin que sirva de nada cualquier cosa que haga.
Te escurres, vuelves, me niegas la evidencia, te separas, regresas, no contestas a mis dudas, pero te vas, te estás yendo de a poquitos, destrozándome en este paréntesis que se prolonga, estéril, llenándome de miedos y de angustias.
Cada evidencia me grita que te he perdido, pero después te empeñas en decirme lo contrario, y aunque sé que mientes, te creo.
Y te creo porque me gritas amor en cada gesto, y vuelvo a sonreir, a ser feliz, a confiarme... y vuelves al silencio y a la distancia, y cuando creo que llega el fin vuelves y me dices que me quieres.
Sé que es cierto, tan cierto que te duele.
Y juegas por eso a separarte, a poner distancia y freno.
Y sigo, y callo, y lloro, y pongo más ganas, y lo intento de esta forma y al revés, entro en tu juego y espero, lo desafío y hablo... pero todo, desde principios de julio, es una interrogación gigante con la que ya no puedo.
En estos tres años han cabido tantas cosas, tanto bueno, que solo te pido que me mires a los ojos, me abraces por última vez y me digas adiós.
Qué putada que al final vayamos a ser capaces de malgastar el mayor éxito de nuestras vidas.
Benditos fracasos.
