De repente un día te levantas y todo ha cambiado.
Aquello que te parecía inamovible e incuestionable, imbuido de una verdad extrema y descarnada e incluso eterno, empieza a desdibujarse.
Te vas diluyendo entre tus quehaceres múltiples, tu vorágine incontrolable y tus principios de dejadez.
Ya ves, al final, el nuevo móvil complicadísimo, la vena de tu jefe, las inundaciones, el cambio de despacho y las matemáticas de tu hijo van a lograr lo impensable: que me desenganche de ti.
Confirmo hoy que todo al final es circunstancial y casual: este mes sin verte me ha llevado a abrir horizontes, a dejar entrar a un otro incipiente que hace que te relativice.
Que te quise tremendamente es indudable, demostrado queda.
Que estoy empezando a dejarte de querer de esa manera que tanto me dolía, creo que empieza a ser otra evidencia.
Y no es rabia, cabreo, pataleta o revancha, sólo es que empiezo a no necesitarte para respirar, lo que ya es mucho.
