Llega un momento en que no puedes seguir mintiendo(te).
Acabo de colgar contigo...
en otro momento, estaríamos juntos en tu cama, ya que de nuevo este fin de semana has subido solo: hasta ahora, siempre que eso pasaba intentabas que yo hiciera malabares para, ¡tachán!, aparecer allí como por arte de magia.
No sé si nos estamos encargando de mitigar esa magia, de agitar poco la varita o de ser más sensatos, el caso es que, a la vez que me dices que te morirías porque estuviera allí, me cuentas que es imposible que tú vinieras por tus obligaciones laborales de mañana, y que mañana tampoco puedes por las posibles obligaciones del domingo.
Este fin de semana, que iba a ser de matemática y madera, al final no lo es, pero tampoco es mío.
Sigues planeando conmigo y soñando conmigo, pero ya no te esfuerzas, no haces posible lo imposible, y esa era tu principal virtud...
te lo he dicho: no voy a volver a decírtelo.
Si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.
Y cruzo los dedos, y rezo a mi dios ateo, y piso sobre las rayas de las baldosas: vuelve, vuelve, vuelve.
