Una partida de billar, la primera de mi vida, en la que me dejaste ganar aunque digas lo contrario. Carambolas no sólo en esa mesa que permitieron que las mariposas volaran libres de nuevo por mi estómago.
La primera tarde, intensa, llena de escenarios repetidos, de terraza en el pueblo de la tragedia, de cervecita en la muralla, recorridos de bares, besos públicos, ponnos otra, berrear a dúo nuestras canciones de Sidecars ondenado los dos las manos por la ventanilla, o la otra, en este caso tu derecha y mi izquierda, sobre la palanca de cambios. Tus elles perfectamente pronunciadas, los localismos que me enseñas, nuestras muletillas compartidas. Por fin los pinchos morunos dos años después, poco picantes y aderezados por una conversación serena, relajada y cómoda en la que dejas salir al Eme de verdad, al que sólo eres conmigo. Un abrazo intenso y muchas ganas.
Cigarros a medias que siempre me encendías y que volviste a prender, vuestra caja de puritos, conducir tu coche (elpieizquierdopaatrás!), mis amigos los pescadores, tu mevoyalacamayaquemañanacurro y quedarte dos copas más, el ¿bailas? y el échameamílaculpaaaaaaaaaaaaaaaadeloquepaseeeeee... el invitarme a tu casa cuando terminara la juerga de la guitarra, dejándome la cancela abierta y las llaves puestas (se enganchan un poco...)... a penas un par de horas para levantarnos cuando llegué, el sexo intenso, salvavidas... me tocas como no me toca nadie, me follas como nadie sabe hacerlo: cuatro orgasmos bajo las estrellas que se colaban por la ventana de encima de tu cama, de esa que en esos momentos quiero compartir siempre... susurrarme al oído que me quieres y dormir abrazados hasta que una hora después suena el despertador.
La ducha rápida, el corzo (era "a") entre los robles, las prisas, un vaso de leche, la resaca intensa, la sonrisa imborrable.
Preparar la nevera de camping, nuestras cervecitas, los vasos para el vino -cómo no, rompí uno antes de salir-, la hogaza de pan (qué rico, qué bien sabe esa tierra...), las sillas de tu jardín, tu chupa, la navaja de Taramundi... todo preparado para, nada más llegar tu amigo (¡anda, qué sorpresa! me alegro de verte, ¿te vienes?) subirlo todo al 4x4 y tirar para la sierra.
Los baches, el camino largo, las risas, el sueño que intenta vencerme, mis fotos, los neveros, el toldo que montamos, el libro de carteles de toros, las puestas al día, el montaje, las comunicaciones, el almuerzo de jamón, chorizo, queso y tortilla, las cervezas, un porrito... cogerte la mano y saber que si la felicidad no es eso, se parece mucho.
Un par de fotos conjuntas, abrazados, en los lugares que siempre quisiste enseñarme: como si pudiese ser normal que estemos juntos, como si fuera raro lo contrario.
Siete horas después, la vuelta, la nieve de los atajos, bajarnos del coche y liarnos a bolazos, los habones de la comida, las llamadas de control, el tener que resolver una emergencia mientras yo veía a mis amigos.
Y después, el agotamiento que surge, te quedas en casa, te tiras en la cama y dices que me esperas allí, por una vez nos puede el sentido común y nos permitimos el lujo de desaprovechar la noche conjunta, me voy a casa de mis amigos, como si el tiempo y el espacio comunes no fuese precisamente de lo que más carecemos, como si no pasase nada por no dormir juntos una noche, porque tuviéramos el resto de nuestras vidas para hacerlo.
Y el domingo, como siempre, el nudo que me ahoga, el desyuno conjunto, echar gasolina, el río, tirar piedras, besarnos con necesidad, en este caso hacer el amor, abrazarnos, decirnos de nuevo adiós... dejar planes pendientes (el paseo en quad, ver la obra que estás haciendo en el doblao y que no vi por tanta prisa, una escapadilla que al final no haremos, la mañana tirados en las hamacas de tu jardín que ese domingo dejamos escapar porque tu hijo te esperaba para echaros a la matemática...) y emprender, cada uno, el camino que nos lleva a nuestra rutina, a nuestro supuesto sitio, a lo que, a fin de cuentas, constituye nuestra vida, esa vida que se hace mucho más intensa cuando estamos juntos.
