Hace tres horas que te has ido y me parecen tres siglos.
Desde el crash de la última entrada, -que se mitigó pero no ha dejado de sonar de fondo, como cuando un cristal se raja de a pocos-, ha habido tanto que llevo posponiendo estos tres (de nuevo tres, qué ironía) meses escribirlo.
Tengo que hablar de la dureza de no poder estar en lo malo, de tu torpe forma de pedir perdón sin palabras, de los oasis de verano y los planes que quizá no sean o que, de ser, me temo que tendrán un sabor algo deslucido, de los fines de semana conjuntos, de tu no llamada de cumpleaños, de los celos que siento por todo lo que te rodea, de cómo te busco a diario, a aquél que fuiste, y sólo encuentor reflejos...
Para hablar de todo esto quiero desgranar la cronología y dedicar, a cada cosa, el espacio que merece.
Aunque aquí, como en casi todo, nada es cuestión de méritos... y hoy no es el día más indicado; hoy has venido, nos hemos amado, nos hemos besado mucho, me has abrazado muy fuerte y el sexo ha sido perfecto, como siempre. Además, hoy he logrado no decir te quiero... y tú, al irte, al susurrar tu "calamar... frito", has sustituído con el aceite de la fritura el tequiero que hoy era a ti a quién te quemaba en los labios.
