Y me llamas.
Y me cuentas, pese a mi brusquedad.
Y me vas narrando el fin de semana, y preguntándome por el mío, y mostrándote excesivamente amable y cuidadoso, como cuando se avanza sobre tierras movedizas, sabiendo que te puedes llevar un revés o un bofetón.
Desgranas, y yo, en mis maneras escuetas que ocultan tanto como muestran door y rtabia, meto perlas hirientes que tú esquivas y haces como que no notas.
Y me hablas de tu amigo, y de sus percepciones sobre otras mujeres, y yo exploto, y te digo lo que pienso de él, y te pregunto, atacando, que si tú también narras al detalle lo que me haces o lo que me dejas de hacer, y sin levantar el tono ni un ápice para defenderte me dices que tú jamás cuentas nada, a lo que te respondo que hay momentos, cuando me hablas de él, en que me siento como carne al peso. Obvias el comentario y me dices que cómo van mis planes para el fin de semana, que subís solos tu amigo el que no soproto y tú el viernes, que ellas, esas ellas que rigen mi vida y mi tiempo, subirán el sábado.
Y hablar contigo, y saber que el viernes te haré el amor desesperadamente mientras tú me follas, casi me duele más que este silencio.
Y me duelo yo, mi incapacidad de no ser capaz de ser lógica y no cogerte el teléfono, mi incapacidad de renunciar a tu cuerpo y a esos ratos en los que, pese a todo, sigues regalándome luz y tu alma.
