jueves, 4 de noviembre de 2010

Otoño.

Al igual que le pasaba a Anais Nin, hay dos modos de llegar hasta mí, los besos y la imaginación. Y efectivamente, la jerarquía implica que los besos llegan después de la imaginación...
pero, ¿qué ocurre ahora, que nos besamos cada vez menos, que cuando lo hacemos, la imaginación desbordante de antaño se quedó en una curva de una carretera cubierta de castañeiros y recuerdos?
En la misma curva en que un día paraste el coche para bailar conmigo un bolero -joder, de eso no hace tanto, amenazaban las sombras, pero seguías destilando magia con tu sonrisa-, ayer encontré el suelo cubierto de hojas de roble y manzanos, que revolví con furia con las uñas esperando encontrarnos tal cual éramos bajo los rastros imparables de este otoño,... el mismo otoño que, al no encontrar más que silencio y viento, se me metió tan dentro que no sé si podré sacarlo...