miércoles, 23 de febrero de 2011

Me falta el aire, me duele el estómago y los nervios se me instalan en los codos y en la garganta. Llevo así demasiado tiempo, y esta sensación molesta se acrecienta a cada rato.
Ayer, junto a lo que era una buena noticia, un inicio de tu normalidad, me volviste a mencionar el puto feisbuk y yo intuí un nuevo desencuentro por culpa de esas aledañas tuyas que me han puesto en el punto de mira sin piedad ni juicio, haciéndome responsable incluso de lo que no soy... tu respuesta al interrogatorio sobre tu perfil me dejó acojonada: tú no lo entiendes porque te faltan datos y soltura en las redes, pero yo ya veo un muñeco con mi cara en el que hacen vudú, un vudú erróneo que, si fuésemos capaces de preguntar directamente a la fuente correcta, resultaría absurdo.
Es lo malo de los malentendidos, de los sobreentendidos: se ha decidido que soy culpable sin que yo haya hecho nada.
Supongo que yo habría supuesto lo mismo, y entonces, a todas luces, hubiera pensado de mí misma que soy una psicópata peligrosa.
Es tan de coña que si no fuese serio resultaría hilarante.
Creaste un perfil, recuerdo incluso el día, el momento en que me prguntaste unas dudas, y ahora niegas haberlo hecho, por falta de memoria, de interés y de conocimiento de la trascendencia de la pregunta, que busca un motivo más para lapidarme en la plaza pública.
Vi el peligro de cómo están poniéndose las cosas según me lo contabas, intuí un nuevo problema pese a que, la última vez que nos vimos, aseveraste con firmeza que entre nosotros no caben los malentendidos,
Caben: y siempre los provocan los mismos.
Esta mañana te llamé a tu rutina, ya que volvías, y no cogiste el teléfono en toda la mañana.
Me preocupé por si las cosas habían empeorado. Te puse un sms corto y ansioso: ¿todo bien? No ha habido respuesta.
Tengo miedo, y como ya he dicho, estoy nerviosa.
Miedo a un nuevo batacazo, a un nuevo dolor para ti... miedo, también, a que no sea eso sino algo que nos afecte más a nosotros, que se trate de que quieres poner distancia por miedo a lo que esté pasando, y que se me escapa, por culpa de confabuladores ajenos...
Si ha pasado algo y no me necesitas, ni necesitas decírmelo, me duele doblemente: por no llegar a tu dolor, por aumentar los problemas y no servir de consuelo.
Si se trata de la mierda que se empeñan en tirarme, si es eso y te proteges, deberías, al menos, decírmelo.
Sea lo que sea, creo que sería mucho más fácil ponerle cara los fantasmas que tener que enfrentarme, en esta duda, a todos los miedos posibles.
Todo esto me está doliendo demasiado, ahora, precisamente ahora, que el supuesto paraíso toma forma y para entrar en él me estáis poniendo una verja de alambre de espino... tú no, dime que tú no...