Cuando una acción, comportamiento o incluso actitud es repetida enemil veces, se aprende de tal manera que se automatiza.
Y al automatizarse, no se piensa y sale solita, tranlaranlarita.
Me gustan las cosas habituales porque, como gran vaga que soy, no me gusta esforzarme ná de ná.
Pero como también soy torpe, más de una vez me he encontrado en la situación de estar bajando unas escaleras y no saber qué pie toca poner el siguiente... es un milisegundo, pero en él me doy cuenta de que, gracias a la automatización de comportamientos, podemos vivir y hacer muchas cosas a la vez.
Supongo que, como a casi todos, cuando empecé a conducir me resultaba prácticamente imposible entender cómo iba, en algún momento, a ser posible que yo desarrollara la capacidad de hacer una cosa con las manos y otra con los pies, y mirar por los espejos, y, y... evidentemente no llevaba música, ni fumaba en el coche o hablaba por teléfono. Ahora hago todo eso y mucho más.
Hasta ahí, bendito aprendizaje, bendita automatización de acciones.
Pero como también tiene la luz su envés de sombra, hay otras cuestiones arraigadísimas que llega un momento que es necesario desandar, deshaciendo el proceso.
Y desaprender es chungo.
Y requiere esfuerzo.
Y paciencia.
Y conciencia y tiempo.
Hasta ahora más que andar corría, me avalanzaba y por ello tropezaba, aunque eso no me impedía seguir aunque fuese con las rodillas doloridas y amoratadas.
Desde hoy quiero tomar conciencia de mis pasos, mirar con detenimiento el lugar donde pongo el pie a ver si así el 2011 trata mejor a mis tobillos que el 2010, intentar seguir el camino pero con pasitos cortos.
Cortos, pero seguros y decididos, eso sí.
No es que me vaya a parar, es que voy a ir más despacio, disfrutando con ello del camino.
Así que ¡ale!, que ahora toca disfrutar en su momento, moderarse en el suyo, zambullirse cuando toque, secarse al sol con paciencia y no desesperar en las esperas.
(Vamos, que ayer me llamaste, hablamos tranquilamente, reímos, me dí cuenta de que había creado fantasmas de la nada, me dijiste seguro que nunca me querrás más porque sea delgada, subiste mi autoestima y me hiciste, a la vez, darme cuenta de que la "nada" a partir de la que creo mis fantasmas, esos que me llenan de pavor, está cargada de buenas cosas, de complicidad, necesidad, amor, estupendo sexo y... paso del tiempo: esto es, no es que ya no mueras por mí, que puede ser que no lo hagas, es que la montaña rusa también tiene tramos en plano e incluso en descenso. Asumir eso es lo que toca...)
