Y esta mañana, como los sábados de antaño (¿Quién será ese colega?, ¡que mira que es famoso! como pensabas tú de pequeño...), como esas mañanas luminosas de entonces, me has llamado desde la cama... y yo he vuelto a ella, y tras el deseo inmenso, las palabras precisas, los sonidos correspondientes y los supiros, nuestros respectivos orgasmos con segundos de diferencia.
He salido, tras la ducha, a esta mañana de sol con una sonrisa espléndida.
Me encanta que me pienses, que te siga poniendo tan cachondo, que sigas demostrándomelo.
Y ahora, el puto tuenti, esa ventana al mundo que debería desconocer, que me indica que o estás solo en el continente de tus fines de semana o, si no es así, tu hijo estaba en la habitación de al lado, en el ordenador, mientras nosotros devorábamos nuestra ración de sexo telefónico...
Ambas cosas me parecen improbables, o ilógicas...
la primera, me desconcierta, porque en otra ocasión me hubieras dicho que subiera contigo, y de hecho el viernes me preguntaste si iba a subir, pero porque te lo habían asegurado a ti... y además, si estás solo no cuadra que ayer te fueras tan pronto acasa, lo que si cuadra con la otra opción: que esta vez ellos hayan subido aunque aquellos de los que dependemos habitualmente, no lo hayan hecho...
Por eso te acabo de mandar un sms, por si acaso estás solo que sepas que te pienso y puedas llamarme... y si no, para que también lo sepas, aunque hoy será más improcedente que otras veces.
Puto tuenti. Puta curiosidad.
En el fondo, menos mal que ahora el perfil de tu hijo es privado y solo puedo ver los comentarios en el tablón de la amiga común que habitualmente comparte con él todo el tiempo libre.
(Otro día escribiré de la influencia del facebook en nosotros, pero eso es ya mucho más denso...)
